NUEVO DIGITAL - Internacional
Manzikert, una histórica derrota del Imperio Bizantino
@JavierMonjas - 12/10/2013

ImprimirCompartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en Menéame

El profesor español Miguel Ángel de Bunes Ibarra está muy quejoso con Bulgaria. Denuncia en la prensa turca que el gobierno de Sofía le ha prohibido entrar en el territorio búlgaro por su cerrada defensa de los otomanos. Al menos de las declaraciones de este investigador del CSIC traducidas al inglés se desprende un rencor casi personal contra lo que condena como "nacionalismo balcánico" que destruyó la herencia otomana, mientras defiende la "inteligencia y modernidad" de la "estructura" del imperio islámico. De sus compatriotas, Bunes Ibarra dice que sólo "recientemente, los españoles se han enterado de las diferencias entre turcos y árabes gracias al döner kebab".

El profesor español también declaró a la prensa turca que "los españoles no saben distinguir entre un musulmán árabe y un turco" puesto que "hay una tendencia en la cultura española a identificar religión y nacionalidad". Pero, sobre todo, el investigador condena a unos búlgaros de los que dice que "a pesar de estar en Europa, su odio (hacia los turcos) continúa". "Después del surgimiento del nacionalismo balcánico, la cultura otomana fue destruida. Los nacionalistas balcánicos están molestos por la presencia de los otomanos y los turcos (en los Balcanes). Intentaron destruir las mezquitas, los puentes y los archivos otomanos que les recordaban el imperio que arruinó su cultura, según lo que ellos consideraban", añade De Bunes Ibarra.

Bulgaría aún alberga una potente minoría de origen turco que vota de forma prácticamente unánime a un solo partido 'ad hoc' que así obtiene la suficiente representación parlamentaria como para convertirse en partido clave en las alianzas de otras formaciones mayoritarias que intentan formar gobierno. La minoría turca controla así con frecuencia la política búlgara, mientras que, además, en la práctica monopoliza algunos destacados sectores de la economía del país, como el del cultivo de tabaco. Ninguna cortapisa se pone a la práctica de la religión musulmana y, como en el resto de los Balcanes -Bosnia y Herzegovina de forma muy destacada-, los minaretes históricos y modernos se elevan a placer. ¿Y en Turquía? ¿Qué sucede mientras tanto en Turquía?

En Turquía andan en la Edad Media. Quiero decir que andan obsesionados con la Edad Media. De forma positiva y de forma negativa. El presidente del país, Abdullá Gül, ante el lamentable panorama de las 'revoluciones' en el Oriente Medio, ha advertido del riesgo de que toda la zona caiga en una era de oscuridad medieval parecida a la de la Edad Media europea. Ciertamente, el caos se ha adueñado de todos los regímenes 'conquistados para la democracia' por el mismo islamismo que tanto apoyaron las potencias occidentales con sus bombardeos. Como en Libia, país que los aliados ya consideran irrecuperable y fuera por completo de todo control e incluso de cualquier posibilidad de influencia occidental.

En efecto, la Edad Media avanza en las anchas regiones del islam, pero también en Turquía. El primer ministro del país, Recep Tayyip Erdogan, ha lanzado en los últimos días una profunda reforma política de alcance constitucional, de la que solo una de sus más inofensivas manifestaciones ha tenido repercusión en el Occidente al que el país se empeña en pertenecer. No, la autorización del pañuelo islámico femenino en las instituciones e instalaciones oficiales es solo otro más de los muchos signos que diseñan la implacable reotomanización de la Turquía laica y moderna de Atatürk. Y, desde luego, no es la principal de entre las decisiones que retornan el país no ya al estado previo del imperio islámico, sino a su verdadera naturaleza de confrontación con el tan odiado como deseado Occidente, al que se ahora se quiere domeñar con sus propias armas políticas y diplomáticas, desde dentro de la Unión Europea.

Cada vez engañan a menos. De hecho, cada vez se engañan menos a sí mismos. Erdogan se refiere a su paquete de reformas políticas con un nombre: "Manzikert". En 1071, los turcos infligieron una gravísima derrota a los ejércitos del imperio bizantino en la localidad entonces llamada Manzikert -hoy Malazgirt- y aprisionaron al emperador Romano IV Diógenes. Como resultado del desastre cristiano, el islam se extendió por toda la Anatolia y Armenia. Hasta hoy.

En sus discursos, Erdogan habla una y otra vez de Manzikert para justificar una batería de medidas que muchos analistas turcos consideran que devuelve al país "mil años atrás", es decir, a los tiempos de la lucha "contra el infiel" cristiano. Pero más allá de la guerra de religión postmoderna, Ankara está fomentando un denominado "neo-otomanismo" por el que anima a los turcos a dejar de considerarse como ciudadanos laicos y a retomar su herencia otomana islámica en medio de un mar de cada vez más y más influyentes organizaciones religiosas. Religiosas islámicas, se entiende, puesto que el resto de religiones -la cristiana de forma muy destacada- se encuentra sometida a las restricciones de siempre.

Jugando sin complejos su estrategia de espacio vital en la zona, los kurdos sirios denuncian el indisimulado apoyo turco a los brutales 'guerrilleros' salafistas que combaten a Damasco. En apariencia, las reformas de Erdogan pretenden devolver su personalidad a las minorías étnicas y religiosas que también conforman el país, pero, en la práctica, esa voluntad solo es aplicable a minorías cuya identidad hace siglos que se disolvió en la mayoría -como los lezguinos y otros pueblos caucásicos- mientras los armenios no consiguen nada, ni tan siquiera una promesa de una investigación sobre el genocidio sobre su pueblo perpetrado en 1915 por el 'inteligente y moderno' imperio otomano que vendería el profesor Miguel Ángel de Bunes a los comedores de döner kebab.