NUEVO DIGITAL - Internacional
Confirmada por el gobierno de Túnez y considerada por los clérigos de Egipto
@JavierMonjas - 27/09/2013

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Uno van tan tranquilo en su asiento de avión y de repente el tipo que tienes al lado empieza a berrear "Allahu Akbar" mientras le comienza a salir un humillo como de la entrepierna. En décimas de segundo, tu cerebro decide qué es más terrorífico para la propia seguridad, si el sujeto gritando "Alá es grande" o una entrepierna masculina contigua que comienza a echar emanaciones neblinosas. El cerebro decide que, con -mucha- diferencia, es el segundo el hecho más amenazante y le echas la cocacola sobre aquella sobrecogedora y apocalíptica bragueta en un desesperado intento de enfriar el inquietante y repentino ardor.

A Umar Farouk Abdulmutallah lo condenaron el año pasado a cadena perpetua. Sentencia racista e islamófoba donde las haya. El llamado "terrorista del calzoncillo" dijo en el juicio que los musulmanes están "orgullosos de matar en el nombre de Alá y que eso es lo que Alá nos dijo en el Corán que hiciéramos". Y sí, eso es exactamente lo que -repetidamente- ordena el Corán, que no es un libro revelado por Dios como los textos cristianos, sino palabra directa de Alá. ¿Cabe mayor racismo e islamofobia que condenar a alguien por intentar llevar a cabo lo que le manda su profeta? Es como si a un cristiano lo condenaran a cadena perpetua por poner la otra mejilla.

La humeante y fallida entrepierna del explosivo fiel coránico no constituía más que un acto de fe, una manifestación de su piedad. Francamente molesta, la familia del "terrorista del calzoncillo" apeló la sentencia a cadena perpetua bajo el argumento de que nadie había resultado herido puesto que el calzoncillo explosivo había fallado. ¡Cuánta razón en tan sabias palabras! ¡Y cuánto racismo e islamofobia en el fiscal que insistía en que aquella brava bragueta representaba una indiscutible amenaza cuanto menos para la humanidad aerotransportada! Ahora, en Siria, la yihad de la entrepierna ha llegado a un nuevo desarrollo bélico. Y la cosa ha sido confirmada de forma oficial.

Lofti ben Jeddou, ministro del Interior de Túnez, denunció ante el parlamento de su país cómo cada vez más de sus mujeres compatriotas viajaban a Siria para ofrecer su entrepierna -gratis- a los bravos yihadistas que desde allí extienden la luz del verdadero islam. Ben Jeddou dijo que las devotas tunecinas "tienen relaciones con veinte, treinta o con cien militantes" y que "después de los intercambios sexuales en el nombre de la 'yihad al-nikah' ('guerra santa sexual', en árabe) regresan (a Túnez) embarazadas".

Los medios árabes se están llenando de entrevistas con jóvenes señoritas que, tras ofrecer su entrepierna a los mujaidines, retornan para contar cómo fueron convertidas en cachos de carne con uno o varios agujeros destinados al descanso del guerrero. En realidad, no solo de un guerrero, sino de incontables guerreros, puesto que, por ejemplo, Lamia, de 19 años, cuenta cómo ella misma perdió la cuenta de cuántos la usaron. Ahora ha regresado preñada de cinco meses y con sida. Las historias de este tipo se repiten por múltiples medios árabes. Las yihadistas cuentan cómo, sobre el terreno, son pegadas, torturadas y "obligadas a hacer cosas que no son humanamente dignas".

Mientras el ministro tunecino del Interior, alarmado por las dimensiones que ha cobrado su denuncia, dice ahora que el trasvase de hembras humanas a los campos de la yihad ha sido por completo detenido, las intelectualas del 'feminismo islámico' debaten si el envío de las vaginas -y del resto de aparataje considerado de uso "humanamente indigno"- debe ser tomado como una yihad sexual o como prostitución. Para los más occidentalizados, se trata de simples violaciones o de comercio de mujeres, aunque no solo hay pleno consentimiento sino ofrecimiento por parte de las mujeres que luego vienen denunciando a bombo y platillo -sobre todo a bombo- el trato recibido, quejosas del sida que recompensa su buena acción religiosa.

Pero lejos de constituir una excentricidad de grupúsculos radicalizados, para muchos clérigos musulmanes, la 'yihad al-nikah' constituye una forma legítima de guerra santa. De hecho, en Egipto, los clérigos 'moderados' que apoyan a los 'moderados' Hermanos Musulmanes -tan defendidos por los sensibles gobiernos occidentales- debaten ahora la legitimidad de extender a El Cairo la 'yihad sexual'. Son los mismos medios árabes que informan sobre la "yihad sexual siria" los que están dando plena credibilidad al anuncio de clérigos egipcios sobre cómo se encuentran estudiando permitir y después alentar que jóvenes mujeres acudan a la plaza de Tahrir para aliviar la heroica lucha por la democracia de los jóvenes de los Hermanos Musulmanes que allí aguardan algún regalo caído del cielo en justa compensación por su sacrificio.