NUEVO DIGITAL - Internacional
Paralización de naturalizaciones por la incompatibilidad de costumbres con las locales
@JavierMonjas - 06/07/2016

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Niñas que se niegan a practicar la natación escolar con sus compañeros masculinos. Niños que se niegan a dar la mano a su profesora en el ritual saludo de la mañana. Mujeres que se niegan a quitarse el burqa contraviniendo la ley. O que se bañan en las piscinas públicas con ropa de calle incluso después de haber conseguido una zona reservada solo para ellas. El islam y su afamada riqueza de coloridas costumbres, casi todas pacíficas. En Suiza han dicho hasta aquí hemos llegado y, sobre todo, hasta aquí han llegado ellos.

En primer lugar, hasta allí llegaron ellos. Y se hicieron fuertes. Tanto, como para desafiar las costumbres del lugar que les acogió. La historia universal. También la universal tolerancia. En febrero, casi un 60 por ciento de los votantes se pronunciaron en contra de expulsar a los extranjeros condenados por actividad criminal. El Partido Popular Suizo perdió aquel envite, como perdió después otros.

Por ejemplo, el de la carne de cerdo en los colegios. El cantón de Basel es el que mayor proporción de población musulmana acumula. Pues las autoridades locales han decidido que, a partir del próximo curso, no se sirvan salchichas ni otros productos porcinos en los colegios del cantón. La iniciativa surgió después de una consulta con los padres que arrojó un sorprendente resultado: un cinco por ciento de los progenitores no estaban de acuerdo en el suministro a sus hijos de ese tipo de carne.

Sirvió ese cinco por ciento -que coincide con la proporción de población musulmana en el cantón- para que los jefecillos decidieran prohibir por completo cualquier producto porcino al resto. Y de esta forma, se van a quedar sin las tradicionales salchichas klöpfer el 95 por ciento de los niños, por el cinco por ciento que las rechaza.

Desde el Partido Popular Suizo no dan crédito. "¿Está sucediendo que nos estamos adaptando nosotros a ciertas culturas en vez de que sea al contrario?", se preguntaba uno de sus representantes durante una sesión del concejo cantonal. Pregunta retórica de respuesta obvia. Como obvia es también la razón por la que en las prisiones federales de Estados Unidos se ha eliminado la carne de cerdo (ND), allí, en el país donde el beicon es una religión, excepto para los minoritarios, pero influyentes fieles de otra religión distinta.

No se puede decir que Suiza sea precisamente un país hostil a los musulmanes. Se acaba de poner en marcha un proyecto piloto para ofrecer ayuda espiritual y religiosa a los demandantes de asilo seguidores de la secta islámica. Cristianos y judíos colaboran en el plan. Es lo que tiene ser monoteísta, que se solidarizan entre ellos.

Pero a veces surge el chispazo de cordura. También en Suiza. O solo en Suiza. A la vez que se aprobaba la asistencia religiosa a los musulmanes que pretenden el estatus de asilado, las autoridades negaban la naturalización a dos chicas adolescentes -doce y catorce años- que se han venido negando a dar clases de natación junto con sus compañeros masculinos. Dicen que su religión se lo impide. Pero las autoridades suizas han respondido que a ellas la ley les impide dar un pasaporte a alguien que no cumple con los requisitos del sistema suizo de educación. Parece increíble, pero así ha sucedido.

Basel se ha convertido en el núcleo de la pujante república de Helvetistán. Allí han conseguido que las piscinas públicas reserven una zona donde solo las mujeres pueden entrar. Pero el problema es que, de bañarse en burquini, vestidas o en ropa interior, las mujeres musulmanas han añadido un nuevo traje a su variopinta forma de tomar un baño: el maxi-burquini, una especie de burka amplio que equivale a bañarse sin traje de baño.

Así que se ha prohibido el uso de la piscina solo para mujeres con traje de calle, en ropa interior o con los maxi-burquinis. El recatado burquini se permite, no obstante, para no faltar a la inevitable modestia de las musulmanas. Por supuesto, la prohibición de las amplias túnicas que nada llevan por debajo ha sido recibida con las habituales coléricas reacciones y las inevitables acusaciones de islamofobia y tal.

No se puede decir que las autoridades de ningún país occidental se aburran lidiando con las coránicas costumbres de los verdaderos creyentes. Y las suizas menos que ninguna. El mes de abril pasado, ya se había paralizado el proceso de naturalización de una familia porque los hijos -de catorce y quince años- se negaban a dar la mano a la profesora en el ritual saludo suizo de entrada y salida de las clases. Las criaturas decían que tocar a una mujer que no fuera de su familia directa iba en contra de su religión. Y las autoridades suizas dijeron que esa actitud iba en contra de la cultura suiza.

El padre de los devotos mozos es un imán y todos residen en Basel. Las autoridades investigan ahora la concesión del asilo al padre en 2001. Desde entonces, le nacieron las dos puras criaturas a las que repugna tocar a su profesora, que ni son suizos por haber nacido en Suiza, ni es posible que lo sean en el inmediato futuro, dado lo melindrosos que han salido los chicos. Y, para colmo, en pleno acoso islamófobo, van y le ponen una multa a una que iba con burqa por la calle.