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Contundente escarmiento en Estados Unidos contra los conversos a la violencia islámica
@JavierMonjas - 28/02/2011

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Estadounidense de nacimiento, judío, 20 años de edad. Y converso al islam. Se cambió su nombre de infiel, Zachary Adam Chesser, por otro que agradara a Alá, Abu Talhah Al-Amrikee. Acaba de pactar con la fiscalía 25 años de prisión por las amenazas que profirió contra los creadores de South Park. Más por todas sus llamadas a la comisión de actos terroristas contra sus compatriotas infieles. Más por sus intentos de colaboración con la organización terrorista somalí Al-Shabaab. Entre medias, intentó utilizar a su hijo, un niño de un año, como pasaporte para salir del país. Quería aparecer como un inocente padre con su criatura en brazos.

No hay semana en que las fuerzas de seguridad de Estados Unidos no tengan que desbaratar los planes asesinos de un musulmán. La pasada les tocó lidiar con Khalid Ali-M Aldawsari, un estudiante saudí que consiguió una beca en Estados Unidos con un sólo objetivo: matar a cuantos americanos pudiera. Cuantos más, mejor.

Para ello se matriculó en varios cursos universitarios, uno de ellos de ingeniería química. Fue detenido cuando intentaba comprar un tercer ingrediente para fabricar explosivos y cuando ya había conseguido los otros dos. En su lista de objetivos de masacre se encontraba una casa en Dallas del ex presidente, George W. Bush. La amenaza era tan real que el seguimiento que estaba haciendo de ella el FBI fue comunicado al propio presidente Obama.

'Terminaréis como Theo van Gogh"

A Zachary Adam Chesser no le fue necesario obtener una beca para entrar en el país y lanzar sus yihad particular. Ya estaba dentro. De hecho, había nacido estadounidense de padres judíos. Pero se cambió al islam y, desde entonces, sólo aspiraba a una masacre santa. Se dejó la barba larga preceptiva, se caso con una católica africana también reconvertida al islam, y se paseó por cuanta cámara de televisión le quisiera grabar lanzando apocalípticas amenazas enfrente de la verja de la Casa Blanca.

Pero no fue eso lo que le llevó a prisión. Aparentemente, un musulmán puede amenazar libremente con sus compinches durante semanas enfrente de la residencia del presidente de los Estados Unidos y eso entra dentro de la libertad de expresión. Por ello, ante la impunidad con que lanzaba sus amenazantes proclamas escaló los objetivos. En su entonces sitio web, llamado 'muslim revolution', escribió una nota dirigida a los responsables de la serie de televisión 'South Park' "advirtiéndoles" de que si seguían mofándose de Mahoma "terminarían como Theo van Gogh".

La presunta 'mofa' de Mahoma estaba contenida en un episodio en el que aparecían las figuras reverenciadas por las grandes religiones -de Jesús a Buda-, pero no Mahoma, el cual sólo era referido y nunca mostrado. Se trataba de ridiculizar la presunta blasfemia que, para los musulmanes, supone representar gráficamente al profeta del islam. Comedy Central, el canal que emite la serie en Estados Unidos, decidió televisar la segunda parte del episodio 'advertido', pero tapando con cuadros negros y pitidos las imágenes y sonidos 'marcados' por Chesser (ND). La primera censura directa en décadas se había consumado en Estados Unidos.

'Provocar el pánico en la población'

Además, el converso se carteaba por Internet con el imán Anwar al-Awlaki, otro estadounidense converso al islam, quien se encuentra detrás, como inductor, de cuanto intento de atentado o masacre consumada se ha cometido en Estados Unidos en los últimos años, la de Fort Hood incluida. En su sitio web, Chesser publicaba los mensajes del imán, todos ellos con llamadas a la yihad y al exterminio de cuantos más de sus ciudadanos mejor.

Chesser había intentado viajar a Somalia en dos ocasiones con el objetivo de unirse al grupo terrorista musulmán Al Shabaab, responsable de las más reputadas carnicerías en el atormentado país africano. En una ocasión, su suegra consiguió esconder al matrimonio santo sus pasaportes con el fin de que ninguno de los dos cónyuges pudiera tomar el vuelo. En su segundo intento, el yihadista se presentó en el aeropuerto con su hijo, que entonces no llegaba al año de edad, con la presunción de que un padre con su bebé en brazos se ganaría la confianza de la seguridad aduanera. Pero ya por entonces el nombre del converso estaba incluido en una lista que le impedía abordar un vuelo.

Durante el juicio, el fiscal dijo que el acusado provocó acciones con el fin de "causar miedo a la gente incluso cuando hablaba en broma" de forma que se mantuviera callada para "evitar ser catalogada como enemigos (del islam) que deben ser asesinados". No le faltaba razón. Tras la censura a South Park, otro conocido viñetista estadounidense esbozó un dibujo en el que, rememorando las conocidas historietas tituladas '¿Dónde está Wally', se preguntaba '¿Dónde está Mahoma?'. Sin embargo, Mahoma no aparecía en la viñeta. Se trataba de un nuevo intento de ridiculizar la extremadamente delicada sensibilidad de los musulmanes con las apariciones gráficas de su profeta. Se supone que si este no aparecía, no debían abandonarse a su fácil y santa cólera. Era una acción contra el miedo.

'Cómo me arrepiento...'

En esa ocasión no hicieron falta las amenazas y los disturbios, porque quienes se habían abandonado de 'motu propio' al miedo, casi pánico, eran los principales periódicos del país -del New York Times a Los Angeles Times-, los cuales se negaron a publicar la viñeta, a pesar de que acogían la serie con regularidad. El objetivo estaba cumplido: pánico si aparecía Mahoma; pánico si no aparecía. Ya ni tan siquiera era necesaria la amenaza. Bastaba con la autocensura de los medios (ND). El miedo al islam estrangulaba a los grandes periódicos estadounidenses.

Cuando se le echó encima la justicia, Chesser cambió de tono que se las peló. En pleno y desesperado intento de taqiyya, comenzó a escribir posts en los que rechazaba "por completo" la idea de que "matar puede estar justificado en el nombre del islam o de cualquier otra religión". Ya en el juicio, se abandonó a tiernos y amorosos discursos ante el juez antes de que este sentenciara. "Sé que voy a pasar muchos años intentando comprender por qué he seguido la senda que me ha traído aquí", decía. "Sólo espero que mis acciones ahora y en el futuro resarzan lo que he hecho".

Durante el juicio, tras pedir "perdón" a sus "hermanos musulmanes", terminó su perorata final afirmando que cuando salga de prisión "mis ambiciones serán mantener a mi familia y darles una vida tranquila". Todo bellísimo y enternecedor. Pero no coló. La fiscalía pedía 30 años de cárcel. La defensa decía que no debían ser más de 20. Partieron el acuerdo por la mitad sin necesidad de que el tribunal se pronunciara. La cosa quedó en 25 años. Tiempo suficiente para que Abu Talhah al-Amrikee continúe cuidando su larga barba, leyendo a sus anchas el Corán y profundizando en su hermosa evolución espiritual.